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-Repito, aquí cosmonauta 348, ¿me recibe, sala de control? Cambio.

Pate estaba algo confuso, y se empezó a poner nervioso tras no recibir respuesta de nuevo.
-Mierda, ¿qué está ocurriendo ahí abajo?-pensó, sudoroso en su traje. Comprobó otra vez el transmisor de radio de onda corta, y también el transmisor gamma de emergencia, pero aunque emitía por los dos y ambos parecían funcionar, la respuesta no llegaba. Por supuesto, sus receptores funcionaban, ya que captaba perfectamente Galaktic Broadkast (la radio orbital local).
Tras descartar varias posibilidades alocadas, decidió que los técnicos de control debían haber dejado su puesto un momento –una total negligencia-, y se dirigió a la compuerta de emergencia. Maniobrar el skaphandr no era sencillo en órbita, pero Pate estaba acostumbrado a ello, ya que era su trabajo; aun así la órbita lunar era distinta a la terrestre que Pate tan bien conocía, y eso hacía que tuviera que corregir su rumbo cada pocos metros.
No mucho después, tras acoplarse a la nave con sus botas magnéticas, Pate consiguió hacerse paso rodeando la pequeña estación hasta llegar a la compuerta. La válvula se resistió un poco a ceder, pero con un chirrido que Pate pudo escuchar a través de sus huesos, se abrió. El titanio nanocarbonado era muy resistente a la corrosión, pero las partículas recogidas por la nave en sus múltiples órbitas se atascaban en las juntas, haciendo que el acceso fuera complicado (especialmente al no haberse abierto nunca en sus casi 25 años). Una vez cerrada de nuevo, el sistema de reacondicionamiento se activó, y Pate abrió su casco con una orden a la CPU de su skaphandr. El nuevo modelo de traje era poco aparatoso y muy maniobrable, así que no era necesario quitárselo en interiores (aunque Pate estaba ansioso por hacerlo, debido al sudor que aún lo cubría). La compuerta interior se abrió, y una débil luz roja emergió entre ambas planchas metálicas.
El camino hasta la cabina no era muy largo (la nave no debía medir más de 100 metros), aunque era la segunda vez que Pate lo recorría, y se introdujo en varios de los almacenes antes de dar con el sitio. Entró, dispuesto a echarles la bronca de sus vidas a los técnicos y a decirles que iba a asegurarse de que sus superiores los despidieran y que no volverían a encontrar trabajo en ese sector estelar, pero ¡cuál fue su sorpresa al descubrir que no había nadie allí! Las luces estaban encendidas y todo parecía en su sitio, excepto por la extraña soledad que se respiraba. Todavía con la boca abierta, Pate se dirigió al baño, y posteriormente uno a uno a todos los compartimentos de la nave, pero después de veinte minutos de búsqueda quedó bastante claro que él era la única forma de vida a bordo. Esto era muy extraño, ya que la nave en la que se encontraba era la parte superior de un ascensor espacial, y sólo había tres en toda la Luna, por lo cual era un sitio bastante transitado, aunque fuera el más pequeño de los tres. Intentó comunicarse con el control lunar desde la sala de mandos, pero sus intentos fueron infructuosos. Tampoco detectó ninguna nave de mercancías cercana, lo cual le extrañó aún más. Ahora Pate estaba preocupado de verdad.
-Irina, ¿se te ocurre qué puede estar pasando?-preguntó Pate, sin más recursos.
-Mis sensores no detectan ninguna anormalidad estructural en la nave ni en el funcionamiento de las comunicaciones. He accedido a la CPU de la nave y él no sabe nada. Dice que desde unos minutos después de que salieras (a las 24:32:57) no ha recibido más comandos.-respondió Irina con su voz serena y monótona.
-Gracias.
Pate decidió que lo único que podía hacer además de quedarse esperando (en la nave había suficiente tenysol para mantenerlo más de un par de meses) era descender por el ascensor hasta la base lunar. Tras discutir un poco con la CPU de la nave, que insistía en que debía quedarse porque su trabajo no había terminado (sólo había reparado dos de los sietes paneles solares que le habían encargado), consiguió que accediera a dejarle bajar. Por supuesto, podría haber accionado el mecanismo manualmente, pero Pate no era un maleducado. Y bajó.

Si Pate ya no sabía qué hacer antes, ahora no tenía ni idea. El inmenso corredor yacía desnudo ante él, sin rastro de la apabullante actividad que recordaba hacía tan solo unas horas. Recorrió el hangar, lleno de pequeñas lanzaderas suborbitales y algunos helitols de vuelo bajo. Los pasillos metálicos estaban completamente vacíos, aunque todas las luces seguían encendidas. Corriendo, recorrió el vestíbulo hasta el final, donde se encontró la compuerta principal sellada. Se dirigió entonces a los túneles subterráneos, que servían de conexión entre varios puntos de la metaciudad. En ellos, halló lo que se esperaba, o –mejor dicho-, no lo halló. Ni rastro de vida. Para su sorpresa, aunque la electricidad parecía funcionar con normalidad, los numerosos sistemas de inteligencia artificial que habitaban el complejo semejaban asimismo ausentes.

Tras vagar durante varios kilómetros mientras sus esperanzas se iban viendo minadas, Pate decidió salir a la superficie. La aclimatación artificial creada los últimos años permitía la vida allí, aunque no era un sitio demasiado acogedor. El blanco polvo se levantó cuando Pate pisó la superficie. Era un paisaje extraño: había unas pocas edificaciones, pero las pequeñas casas parecían no pertenecer a ese sitio. Al fin y al cabo, la superficie rocosa seguía dominándolo todo.

En ese momento, Pate se percató de que Irina no había vuelto a hablarle desde que habían bajado en el ascensor espacial. Las IAs no solían comenzar las conversaciones, y muchas veces se limitaban a contestar, ensimismadas en sus propias preocupaciones extrahumanas, pero a Irina le gustaba hacer incisos en los racionamientos -a su gusto, divertidamente extrafalarios- de los humanos, y en concreto de Pate. Se intentó comunicar con ella, y cuál fue su horror al comprobar que no respondía. El traje parecía seguir funcionando perfectamente, y sin embargo la CPU no contestaba a las súplicas de Pate. Sin pensarlo, ya que de otra manera resultaría demasiado doloroso para él, Pate se quitó el traje y lo abandonó en una de las pequeñas granjas lunares, que por supuesto estaba vacía. Tras eso, salió corriendo hacia ninguna parte, con las lágrimas cayendo lentamente hacia el suelo. Darse cuenta de que su CPU acababa de morir era un golpe muy duro, pues llevaban casi 10 años juntos, e Irina se había vuelto casi parte de él mismo. Pero no tenía sentido negarlo. Pate ya se había dado cuenta de lo que estaba sucediendo. Las consciencias se habían borrado. No sabía cómo, ni por qué, pero estaba claro que todo rastro de vida inteligente se había volatilizado en la superficie del astro. Por un momento Pate se encontró confuso. ¿Cómo era posible que él siguiera ahí todavía? ¿Acaso era simplemente cuestión de tiempo que él trascendiera también su existencia? No, no podía ser eso. Todo había pasado rápidamente. Sin embargo, si el fenómeno sólo había afectado a la superficie, ¿qué había sucedido con los técnicos que debían estar en su nave, al igual que con el resto de naves? Cuando parecía que encontraba una respuesta, en realidad sólo hallaba más preguntas.
Pate se sorprendió al ver que se había quedado sin aliento, y es que había corrido unos 5km hasta llegar al borde de la cúpula electromagnética que retenía la atmósfera. Se echó al suelo, y se tumbó con los ojos cerrados, buscando la respuesta que le permitiría explicar todos los sucesos que habían acontecido, la respuesta que le permitiría escapar a su locura. No la podía encontrar por más que lo intentaba, y eso lo frustraba. Cuando parecía acercarse a ella, notaba cómo se le escurría entre los dedos, burlándose de él. A punto de perder el juicio, Pate no fue capaz de seguir concentrado, y abrió los ojos. Y allí estaba su respuesta. O mejor dicho, no lo estaba.
La Tierra no estaba.
Pate, con una sonrisa enloquecida y se levantó, y corrió dando saltos y agitando los brazos, mientras mascullaba sus últimas palabras:
-¡Ya lo entiendo! ¡Al fin! ¡He sido elegido! ¡Soy el último! O quizás… Un momento… ¿Qué ha pasado? ¿Qué hago aquí?
Y en su euforia, Pate olvidó la pregunta a su respuesta. Y fue olvidando todo. Se sentó, sin recordar cómo había llegado allí, ni quién era. Pero no le importaba. Contempló el brillo de un profundo violeta etéreo de la cúpula. Contempló el lejano resplandor de la Via Láctea, y de estrellas mucho más allá de donde podría siquiera imaginar. Contempló los extensos campos de cráteres llegando hasta un horizonte curvado. Todo esto fue oscureciéndose, y Pate se contempló a sí mismo. Pero no vio a Pate. Vio tan sólo un atisbo de existencia, de vida, de toda vida existente, que confluía en sí mismo y en todo, y se apagaba.

Y entonces contempló la oscuridad.

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